jueves, 3 de diciembre de 2015

La calma de un pentagrama

Por Amanda Izquierdo

Es curioso. Es curiosa la forma en la que la música puede reparar un alma rota o hacer callar los demonios de un pasado que todavía duele. ¿No te has dado cuenta? Cuando sientes que un recuerdo te ahoga con sus oscuras zarpas, yo pongo una buena pista, algo antiguo a ser posible, y con piano o violín. La música es como el buen vino, cuanto más viejo, mejor sabe, mejor cura. Da igual si es Beethoven o Pachelbel, siempre hace efecto.


Cuando siento que estoy cansada, pero no físicamente, hablo de ese cansancio del corazón, ese que te deja atascado en medio de la nada y sin un por qué. Cuando siento ese cansancio creciente en la garganta, robándome la respiración, la voz, las ganas... yo escucho a Ludovico Einaudi, concretamente, Nuvole Bianche.

La mejoría es casi instantánea. El aire vuelve a llegar a los pulmones, la sangre a correr por las venas, y los versos, por el alma, intercalándose con palabras: éxtasis, desear, intoxicar, acariciar, extrañar.

Parece que no, pero sí, la música es el éxtasis del deseo que te intoxica con apenas acariciarte haciendo sanar la memoria de extrañar.