domingo, 29 de noviembre de 2015

“Serás una estrella”



Por Helena Ramos


Mientras alza la copa por encima de su cabeza y se sabe observada por todas aquellas personas, Estrella imagina para sus adentros el rostro de su padre.

- Te elegí ese nombre porque algún día serás una estrella. Ya verás – le decía.

Durante algunos años ella creyó que sería así, pero luego…En los estudios nunca destacó, ni tampoco en los deportes. Ni siquiera servía para cantar o bailar, algo que siempre le gustó hacer. Su carácter excesivamente tímido sólo le permitía hacerlo delante del espejo de su habitación, estando a solas.



Luego vinieron el amor, el matrimonio, los hijos. Su vida se llenó de todas esas grandes y pequeñas cosas que nos ocupan los días y nos hacen olvidar nuestros propios deseos y anhelos.

Hoy, sin embargo, se siente orgullosa de sí misma mientras mira de reojo a su marido y sus hijos. Aunque le aplauden emocionados, ella les conoce y sabe que se sienten un poco traicionados. De hecho, les ocultó algo durante un tiempo. Pero ha merecido la pena.

Recuerda la tarde que dio su primer paso. Los niños estaban en su clase de natación y ella les esperaba como cada lunes y miércoles en el parque más cercano a la piscina municipal. Solía entretener el tiempo leyendo algún libro, hojeando una revista, a veces confeccionaba listas de las cosas que tenía que hacer en los próximos días. Aquella tarde estaba especialmente intranquila sin saber por qué, le costaba concentrarse en la lectura y les vio pasar corriendo. Tres adolescentes, dos chicos y una chica. La visión de sus cuerpos armoniosos y llenos de vida, el sonido de sus voces alegres, hicieron que dentro de ella vibrara algo, como una campana. Sintió que su corazón se expandía y al instante la embargó una melancolía profunda y absurda que le llenó los ojos de lágrimas. Intentó retomar la lectura, pero fue en vano. De pronto, levantó el rostro y cualquiera que la hubiese observado en ese momento se habría dado cuenta que en su mirada había una renovada decisión. Metió el libro en el bolso, consultó la hora en el móvil y apresuró el paso hasta el centro comercial situado al fondo de la calle. Aún tenía media hora. En la tienda de deportes eligió un chándal, unas zapatillas de color malva y dos camisetas de tirantes. Justo antes de pagar añadió un par de coleteros que cogió del mostrador. Antes de recoger a los niños metió todo en el maletero del coche, aparcado delante del parque.

Durante nueve meses, lo que dura un embarazo, corrió dos veces por semana durante hora y media. Se cambiaba en los vestuarios de la piscina antes de recoger a los niños.

No se lo dijo a nadie. No sabía bien por qué. Su intuición le decía que era mejor así. Además, era bonito tener un secreto. Y no le hacía daño a nadie.

Todo iba mejor en su vida. Las labores de casa las realizaba cantando, regañaba mucho menos a los niños, y sus amigas le preguntaban qué dieta estaba siguiendo. Su marido le decía que daba gusto verla de tan buen humor. Para ella, era hermoso correr sin querer llegar a ningún lugar, correr por correr, sintiendo el aire fresco en la cara y las piernas llenas de energía, correr dejando todos los problemas atrás, mirando al frente.

Cuando llegó el verano estuvo a punto de dejarlo. Se sentía agotada por el calor, y le atraía la idea de quedarse leyendo una revista a la sombra de un árbol mientras sus hijos progresaban en sus técnicas de natación. Pero algo en ella, no supo bien qué, la impulsó a seguir. Quizás fue la canción que, en sus auriculares, sonaba alguna de esas tardes, "Don´t stop me now", cantaba Queen, haciéndola revivir viejos anhelos .No, no iba a parar ahora.

Cuando se anunció la maratón anual de la ciudad, ella se envalentonó y les mostró a todos durante la cena su inscripción. La miraron con una expresión entre incrédula y preocupada.

- Estás loca, mamá, se van a reír de ti- había dicho su hija.

- Yo no pienso ir a verte, qué vergüenza si te ve alguno de mis amigos –comentó el hijo.

El marido, en tono amoroso , había dicho:

- No se puede correr sin haber entrenado antes. Te puedes hacer una lesión para toda la vida. Yo que tú me lo pensaba...

Sin embargo, la curiosidad les pudo a todos y allí habían estado, animando y aplaudiendo asombrados cuando vieron cómo,entre más de cien mujeres, ella alcanzaba

la meta en un dignísimo tercer lugar.

Mirando hacia el cielo, Estrella susurra: papá, acertaste, hoy soy una estrella.